Blog de Borja Fdez. Burgueño

Blog especializado en derecho administrativo, derechos humanos, asilo y protección internacional.

El futuro de la Unión Europea

¿Existe una verdadera Unión Europea en materia normativa?

El sistema jurídico de la Unión Europea se entiende, según Araceli Mangas Martín, como un sistema normativo, específico y particular, que engloba a normas y actos jurídicos de la Unión Europa pero que en realidad constituye un verdadero ordenamiento propio con la particularidad de que su esencia jurídica emerge de la interrelación con los ordenamientos jurídicos internos de cada Estado con los creados por la Unión Europea.

A diferencia de los Estados Unidos en los que los siete artículos de la Constitución Estatal de 1787 y sus veintisiete enmiendas posteriores están por encima del resto del ordenamiento jurídico, incluidas las Constituciones propias de cada Estado, en la Unión Europea ni siquiera los Tratados Constitutivos ostentan el punto más alto en la jerarquía normativa de los países miembros. Esto último se debe a que los Tratados tienen un carácter supra-legal pero infra-constitucional. Dicha peculiaridad deriva en que la Unión Europea no sea de verdad una Unión Europea férrea sino una cohesión fruto de unos determinados intereses económicos que siempre estará supeditada a cada una de las veintisiete Constituciones propias de cada Estado Miembro.

Llegados a este punto del análisis, habría que plantear la cuestión de si seguir con este singular sistema en el cada una de que las veintisiete constituciones detentan un papel jerárquico supremo o si caminar hacia una centralización y una auténtica Unión Europea jurídica y normativa.

Antes de adentrarme en intentar dar una respuesta a esta pregunta, se podría hacer la analogía con el debate federal que hubo entre los trece Estados Norteamericanos entre 1783 y 1787 sobre si dotar a los trece Estados de un Gobierno único sólido (opinión encabezada por Alexander Hamilton) o si seguir con la autonomía estatal que proporcionaba seguir con el sistema de los Artículos de Confederación de 1777. Estos últimos, liderados por Thomas Jefferson, sostenían que cada Estado debería retener su soberanía, su libertad, y su independencia, así como cada poder, jurisdicción y derecho que no haya sido delegado expresamente.

Continuando con la analogía, las trece colonias Americanas tras la Declaración de Independencia en 1776 se convirtieron en Estados independientes y a través de asambleas legislativas crearon sus respectivos textos constitucionales. Así mismo, en Europa a partir de la Revolución Francesa aparecerán las primeras Constituciones. A diferencia de la historia Constitucional de los Estados Unidos, la de cada uno de los distintos Países Europeos será intermitente ya que se sucederán a lo largo de estos siglos periodos constitucionales con otros que no lo fueron. A pesar de eso, en la situación actual nos podríamos comparar con el sistema de los Artículos de Confederación ya que cada Estado tiene su propia Constitución y sólo la Unión Europea sólo podrá ostentar los poderes y competencias que hayan sido cedidas por las Constituciones Estatales debido al carácter infra-constitucional de la jurisdicción de la Unión Europea ya que debe ser entendida como si fuesen Tratados Internacionales.

No obstante, en mi opinión, no se puede intentar extrapolar el sistema norteamericano a la Unión Europea porque la propia historia de cada Estado europeo tiene sus particularidades. Esto ha producido que cada  país europeo no tenga sólo un idioma diferente al resto sino que, además, cada uno tenga su propia cultura que le enriquece y le hace distinto. Sería un fracaso descomunal pretender agrupar bajo un mismo signo cultural a toda la amalgama de civilizaciones europeas. Estados Unidos pudo consolidar su unidad porque unificó  Estados bastante homogéneos (todos eran fruto del colonialismo) y que no poseían cada uno su propia larga historia ya que eran países jóvenes debido a sus recientes fundaciones. Además, compartían todos un mismo idioma, que es uno de los factores más importantes para la cohesión social de los diferentes territorios que se agruparon. Para crear un marco jurídico-normativo único y sólido, creo que es un requisito esencial que también exista una cierta homogeneidad social, que en el caso de Europa la pongo en duda. Por dicho motivo, opino que a no ser que se intente buscar otra solución el camino de Europa, al menos a corto plazo, no debería de ser el de crear un único Estado con personalidad Jurídica como el que creó la aprobación en 1787 de la Constitución de los Estados Unidos de América.

Roma: La homogenización como estrategia para la Integración territorial

Como afirmé en la conclusión del apartado anterior, el problema fundamental que existe para la creación de un Estado europeo es la heterogeneidad de los territorios que se pretenden agrupar. A lo largo de la historia, sin duda alguna, el Estado que mejor consiguió cohesionar a más pueblos heterogéneos creando un imperio estable fue Roma. Lo consiguió gracias a homogeneizar los territorios bajo un único modelo de político y social.

Con la victoria romana en la guerra contra Aníbal (219 a 201 a. C.), Roma se convierte en una de las mayores potencias del Mundo. Tras hacerse con toda la mitad occidental del Mediterráneo, el Imperio itálico se dirige a oriente llegando a conquistar hasta el Éufrates y el mar Negro. Finalmente, Roma consigue abarcar toda la cuenca mediterránea. Una de las claves del éxito para que lograra permanecer en ellos de manera estable fue destruir las comunidades políticas autóctonas con el fin de dividir y debilitar los gobiernos  locales haciendo que sólo pudiesen establecer relaciones con la propia Roma. Además, los territorios conquistados llegaron a aceptar el modelo romano de civilización creando así un Imperio homogéneo, lo que favoreció en gran medida a la integración de los mismos en el Imperio Romano.

Aunque, como es lógico, la unión Europea no tiene el carácter Imperialista de Roma, podemos observar cómo determinadas políticas de la Unión Europea, voluntariamente o involuntariamente, tienen como consecuencia la homogenización del modelo social y político europeo. Las políticas Europeas de estos últimos dos años imponen a los países miembros que sigan un modelo liberal económico que modifica toda la estructura social de cada nación. Esto se debe a que al exigir el Banco Central Europeo la limitación del déficit público de cada Estado, estos no pueden seguir haciendo la política social que quiere cada gobierno, y por lo tanto cada país, sino la que le permita la Unión Europea. Por consiguiente, el modelo liberal económico nos lleva camino de una homogenización política y social  europea. Ahora bien: ¿de verdad queremos seguir este modelo que nos están imponiendo?

Europa en la encrucijada

El complejo entramado jurídico de la Unión Europea, forjado a partir de la idea de Robert Schuman y de la firma del Tratado de Roma se ha basado desde 1957 en ir sumando socios o doctrina legal y no restando, por lo que en este momento de crisis económica estamos ante una paradoja de difícil solución: En la Unión Europea se sabe como se entra pero no se sabe como se sale. Este es el dilema de Grecia y también el de otros países como España, Irlanda o Portugal, que han sido los más castigados por las circunstancias adversas que estamos viviendo. Los distintos tratados han ido hilvanando una legislación que debe servir para todos los países de Europa, aunque se aceptan excepciones, como las de Reino Unido o Dinamarca en relación al uso del euro o la de otros países como Polonia o la República Checa, en relación con el Tratado de Lisboa. Pero nunca se había planteado cómo reducir la presencia de un país, aceptar su ruptura voluntaria con la organización o, directamente, expulsarlo.

Los países que se han ido incorporando en las últimas décadas a la Unión Europea, España lo hizo en 1986, han vivido unos años dorados, ya que, aunque en algunos aspectos comerciales se han puesto limites a sus exportaciones o a sus movimientos de ciudadanos, la oportunidad de pertenecer a uno de los clubs de países más desarrollados y ricos del mundo (el “club” de la Unión Europea) ha multiplicados sus oportunidades de prosperidad. Además, el saldo neto de transferencias con la Unión Europea les ha sido favorable año tras año, generando un clima de riqueza, mitad real, mitad espejismo, que ha fomentado el europeismo.

España es un claro ejemplo en este sentido. Tras 25 años de adhesión a la UE nuestro país ha recibido años tras año el maná de Europa y no será contribuyente neto a la UE hasta el 2013, justo en el peor momento de la crisis económica, pero también hay que reconocer que hemos sido uno de los países más beneficiados, tanto por los fondos estructurales, por los de cohesión, como por la política agraria común. ¿Qué va a pasar ahora que vienen tiempos de vacas flacas?, pues que nos quejamos olvidando los años en los que la UE financiaba todo tipo de proyectos, especialmente infraestructuras como carreteras o el AVE.

Borja Fernández Burgueño

Una mirada a Grecia

Miremos ahora a Grecia. En una dimensión menor, ya que el país heleno es mucho más pequeño que España, tanto en población, como en PIB y Renta per capita, también ha sido uno de los países que más se ha beneficiado de su incorporación a la UE, con una salvedad, que han querido vivir como alemanes sin trabajar como alemanes, y que han falseado sus cuentas públicas.

Las crisis y las bancarrotas de países no son algo nuevo y han estado a la orden del día a lo largo de la historia. La diferencia es que una vez aceptado el problema y reconocido de forma internacional, los Estados se aplicaban su propia medicina al contar con soberanía para decidir su política económica, aunque tuvieran que ser tutelados por organismos internacionales como el FMI o el Banco Mundial. Si Grecia no estuviera en la Unión Europea y no hubiera cedido su soberanía económica a una institución supranacional podría aplicar la medida más común en estos casos, como es la devaluación de la moneda. El país decide de la noche a la mañana que es un 20, un 30 ó un 40 por 100 más pobre. Al no poder devaluar la moneda, ya que un euro vale lo mismo en Atenas que en Berlín, pues ahí tenemos un problema de muy difícil solución.

Lo que decimos de Grecia se puede aplicar a otros países y gran parte de la desconfianza que genera España o Portugal proviene de que nos miran con los mismos ojos que a los griegos. Desde hace meses hemos podido leer informes y análisis que resumen una cruda realidad: dicen que es imposible que Grecia pueda pagar su deuda en decenas y decenas de años. La necesidad de nuevos recursos y los intereses de los mismos captados en un mercado cada vez más hostil hace matemáticamente imposible que Grecia pueda pagar a  sus acreedores. Ya son muchos los economistas que dicen que la mejor solución es que Grecia se salga del euro.

Pero ahí radica otro problema de solución compleja. En el Tratado de Lisboa se dice, aunque con otras palabras, que la pertenencia de las naciones de Europa a la Unión es libre y que de la misma forma se puede renunciar, pero no contempla el supuesto de seguir perteneciendo a la UE pero salirse del euro y, en el caso de Grecia, volver a su moneda nacional, el dracma. ¿Cómo se hace? ¿En cuánto tiempo? ¿Cómo se fija la nueva paridad? ¿Qué pasa con las deudas contraídas? ¿Cómo se arbitra un periodo transitorio en el que convivan ambas monedas? Y muchas preguntas sin respuesta.

Reforma Constitucional en España

Vayamos al caso español. Ya no se plantea con tal intensidad la hipótesis de que España pudiera volver a la peseta, pero se nos estigmatiza cuando en realidad estamos aplicando todas y cada una de las exigencias de Bruselas, que han culminado con la inclusión en nuestra constitución del artículo 135 modificado por acuerdo parlamentario del pasado agosto.

El artículo 135 de la Constitución Española incorpora lo siguiente:

2. El Estado y las Comunidades Autónomas no podrán incurrir en un déficit estructural que supere los márgenes establecidos, en su caso, por la Unión Europea para sus Estados Miembros. (…)

3. (…)El volumen de deuda pública del conjunto de las Administraciones Públicas en relación al producto interior bruto del Estado no podrá superar el valor de referencia establecido en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.

 España ha sido el primer país en incorporar este mandato imperativo de la Unión Europea sobre nuestras propias cuentas en su Constitución, pero ¿qué pasa ahora? Parece más importante una cifra que todo un desarrollo presupuestario. Por un lado la UE tiene razón cuando exige a España que el déficit debe ser el fijado de antemano para este año, que es del 4,4 por 100. Por otro lado todas las previsiones que hizo la UE cuando fijó el objetivo de déficit han resultados erróneas y ahora la propia UE reconoce recesión cuando antes preveía crecimiento. Por lo tanto, si cambian a peor las previsiones económicas también lo deberían hacer los objetivos del déficit como parece de sentido común así es como lo han entendido tanto el Presidente del Gobierno Mariano Rajoy como el líder de la oposición Alfredo Pérez Rubalcaba.

Así que podríamos decir que España está incumpliendo los tratados de la Unión y su propia Constitución por fijar por discrepar en este asunto. Y su fuera así qué sanciones podrían aplicarse. Porque si la sanción es económica agravaría más el déficit, lo que sería un contrasentido que sería perjudicial tanto para los intereses de España como para los de la Unión Europea.

Tres dilemas

 En definitiva, las autoridades de la UE como las de sus países miembros están, según mi opinión, ante tres dilemas de compleja solución y con muchas aristas interpretativas. Un dilema económico, otro jurídico y, finalmente, un dilema moral.

 Dilema económico: Todos somos responsables de la crisis. Es más, si damos por buena la teoría más extendida de que la crisis es, fundamentalmente, financiera, aquellos países que tienen las economías más grandes y los bancos más importante tienen una doble responsabilidad; primero, por no preverla, por el fallo de sus organismos reguladores y, en segundo lugar, por exportarla a otras naciones con economías más vulnerables. Pretender hacer caer exclusivamente el peso del ajuste sobre los más débiles puede no sólo ser inviable, amén de injusto, sino retrasar la recuperación del conjunto dado el peso de la economía global y los múltiples lazos que unen todas las plazas y mercados financieros.

Dilema jurídico. Si aceptamos que hay países que no han cumplido o no podrán cumplir los tratados en el futuro, ¿les aplicamos las sanciones pertinentes, llegando incluso a su expulsión de la Unión Europea?, ¿o hacemos la vista gorda buscando vías de aproximación más allá de la literalidad de la ley?

Dilema moral. Si la Unión Europea es algo más que un unión de mercados y moneda única y damos por buena la idea de los padres fundadores europeos, encarnada en Robert Schuman, de una Europa que busca la prosperidad y el desarrollo de sus habitantes por encima de fronteras nacionales como un antídoto frente al totalitarismo y a los egoísmos nacionales, ¿cómo es posible que sucumba a la primera de cambio? Por ejemplo, en los Estados Unidos de América, como hemos comentado al principio de este trabajo,  conviven estados de muy diferente renta, costumbres e incluso leyes, pero han puesto por encima de todo su voluntad de permanecer unidos y dotarse de una estructura federal que los hace invulnerables ante las dificultades. Sin embargo, Europa, tras un primer impulso, parece desarrollar una fuerza centrífuga que aleja a los Estados nacionales de los centros de decisión alentando el nacionalismo y los intereses particulares frente a los generales.

 Conclusión

Europa está en una encrucijada de la que puede salir reforzada o, por el contrario, romperse en mil pedazos. Hay un unidad clara alrededor de los seis fundadores y firmantes del Tratado de Roma: el Benelux (Bélgica, Holanda, Luxemburgo), Francia, Alemania e Italia, a pesar de todos los problemas que rodean a esta última.  Las sucesivas ampliaciones hasta los 27 Estados actuales, o los 17 de la zona euro, están aún por cuajar. Puede incluso reactivarse la idea de una Europa de las dos velocidades que, aunque no puede considerarse un éxito, quizá pueda evitar un estrepitoso fracaso. De todas formas se echa de menos en esta coyuntura líderes con visión clara de futuro, más allá de los eurofuncionarios de la Comisión, el Parlamento o el Consejo, que sean reconocidos como tales por sus propios nacionales y por la generalidad de los países que conforman hoy esta Europa aparentemente desunida que se mira más el ombligo que al horizonte de un mañana mejor.

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Esta entrada fue publicada en marzo 27, 2012 por en Derecho Internacional, Economía y etiquetada con , , , , , , , , .
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