Blog de Borja Fdez. Burgueño

Blog especializado en derecho administrativo, derechos humanos, asilo y protección internacional.

Los Monzones nos retan. Una tarde libre en Camboya.

El cielo estaba nublado, amenazaba desde hacía unos minutos con descargar su furia; pero sabíamos que aún teníamos unos minutos y los íbamos a aprovechar. El viento, que siempre anunciaba una tormenta inminente, no soplaba. Todavía había margen.

Era un jueves por la tarde, estábamos cansados pero queríamos recorrer las calles de nuestro barrio: Stumincheing. Bajamos al patio, cruzamos el campo de futbol, dejamos atrás la cantina de los internos, saludamos a los guardias y salimos. Éramos libres. Empezamos a andar por la calle que rodea PSE, embarcándonos sin saberlo en un viaje sin billete de vuelta. Aunque, por instinto, lo normal hubiese sido caminar hacia nuestros lugares habituales, al cabo de unos minutos nos vimos sumergidos entre calles, casas, chabolas y explanadas sin tener la más mínima idea de cómo habíamos llegado hasta ahí. Podíamos estar en cualquier punto del mapa de Stumincheing y el cielo nos desafiaba. No podíamos arriesgarnos a que empezase a llover. Teníamos que regresar. ¿Por dónde? Izquierda o derecha, qué más da. Seguimos andando, tranquilos. Un grupo de khmeres que estaban comiendo se rieron de nosotros al vernos pasar por segunda vez por el mismo sitio, sabían que estábamos perdidos. ¿Qué hacían dos europeos paseando por sus calles? se preguntaban. Seguimos andando.  Nos estaban siguiendo, no sabíamos quién. Y, como si lo hubiésemos planeado, nos dimos la vuelta a la vez. Ocho niños curiosos eran nuestros persecutores. Al vernos girar, uno se sobresaltó y se le salió la cadena de la bicicleta porque había hecho un movimiento brusco, los demás se rieron de la situación. Rápidamente todos corrieron hacia nosotros y saltaron, como si de este salto les fuese la vida, a nuestros hombros. En unas décimas de segundo nos encontrábamos cubiertos de niños. Era nuestro barrio, eran nuestros niños. Antes de seguir caminando le reparamos la cadena de bicicleta que se había caído. El niño, orgulloso de ser de los únicos niños del barrio que había conseguido tener una bicicleta, nos respondió con un rápido y enérgico “Ourkun charán” (muchas gracias) y, como una bala, desapareció de la vista. Seguimos andando, felices, confiados. Dimos la vuelta a la esquina. Había tres niños jugándose el poco dinero que tenían a un juego con chanclas. Nos paramos a ver y, rápidamente, aprendimos a jugar; consistía en dar una patada a una chancla, rebotarla con la del contrario y chocarla con el dinero que estaba en el suelo. Se nos hacía tarde y teníamos que regresar, proseguimos nuestro camino. Allá lejos, vimos la azotea de un edificio que estaba cerca de nuestro origen, no pensábamos que nos habíamos alejado tanto. Como si fuéramos un barco errante que había estado surcando los mares durante meses y que por fin divisaba su soñado faro, nos dirigimos diligentemente a nuestro propio faro camboyano. Saludamos a los guardias, atravesamos la cantina de los internos, cruzamos el campo de futbol y, con el aire triunfante de Ulises, subimos a nuestra habitación. En ese momento empezó a diluviar.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 26, 2011 por en Camboya, Otros, PSE y etiquetada con , , , , , , , , , , .
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