Blog de Borja Fdez. Burgueño

Blog especializado en derecho administrativo, derechos humanos, asilo y protección internacional.

Por la Sonrisa de un niño, Camboya

CAMBOYA 2011

Este verano he vivido una experiencia muy importante para mí. He viajado a Camboya para participar en un proyecto que lleva a cabo una ONG que se llama Por la sonrisa de un niño (PSE) y esta ha sido mi experiencia.

Camboya es un país que está en la península de Indochina entre Tailandia, Laos y Vietnam. Como en toda Indochina, el clima se divide en dos estaciones: la seca y la lluviosa. En la estación lluviosa cae una tormenta casi todas las tardes  por la acción de los monzones. Las lluvias no duran mucho tiempo, pero son muy intensas y dejan a su paso inundaciones de medio metro que, en pocas horas, desaparecen al ser canalizadas de manera natural a los arrozales y zonas pantanosas. Durante las inundaciones las ciudades y la vida no se paralizan, sino que todo sigue su curso “normal”. Gracias a estas lluvias torrenciales, Camboya tiene extensos y fértiles arrozales que cubren todo el paisaje. El arroz es su principal y, en la mayoría de los casos, única fuente de alimentación. Desayunan, comen y cenan arroz -arroz en camboyano es “bai” y el verbo comer es “ñambai”-. A pesar de que la producción de arroz es muy elevada, muchos camboyanos no pueden permitirse una ración al día y la mayoría de los niños con los que hemos tratado sufrían una desnutrición muy importante. A esto, hay que sumarle la falta de vitaminas y la alimentación nada equilibrada que supone comer diariamente solamente arroz.

La población en Camboya es muy joven. El setenta por ciento es menor de veinticinco años y el treinta y seis por ciento de la población total es menor de catorce años. La esperanza de vida no llega a los sesenta años y alrededor de un tres por ciento de la población adulta tiene SIDA. A pesar de ser un país tan joven en el que te encuentras niños por todas partes, las familias están destrozadas. Casi no existen lazos afectivos entre los padres y sus hijos. Esto se debe al legado que dejaron los kemeres Rojos; ya que a estos niños, que ahora son padres, se les formó durante cuatro años en que las familias no existían y que los vínculos familiares corrompen al ser humano. A parte, muchos de ellos fueron obligados a asesinar ellos mismos a sus propios padres. Pol Pot eliminó a todos los intelectuales, entendiendo como tal desde el que tiene una carrera, pasando por el que sabe algo de otro idioma, hasta el que sólo lleva gafas. Asesinaron a un tercio de la población total. Como resultado, Camboya terminó siendo un país casi sin ningún servicio que requiriese algún tipo de formación intelectual previa, como médicos, abogados, traductores, etc. Se convirtió en un país en el que la mayoría de la población sólo sabía o podía ganarse la vida trabajando en la agricultura o en algún otro trabajo físico con el que se pudiese ganar la vida. Camboya, después de Tailandia, es el país con mayor índice de turismo sexual, por lo que las mafias secuestran a miles de chiquillas que más tarde explotarán sexualmente.

Después de esta pequeña introducción, me centraré en algunos temas más concretos con los que me he enfrentado estos días.

He estado trabajando en una aldea en la jungla con ciento cincuenta niños de uno a diecisiete años. La mayoría de ellos tenían algún problema de salud, ya sean infecciones cutáneas, desnutrición aguda, quemaduras de aceite, heridas por violencia doméstica, enfermedades, fiebres altas, SIDA, heridas graves infectadas, etcétera. No eran niños especiales, ni tampoco escogimos a los niños que peor estaban para curarlos, sino que esos problemas de salud son su pan de cada día. Es lo normal. Es más, no nos pudimos dar cuenta de muchos niños que necesitaban una cura urgente hasta pasada una semana, ya que son niños que no se quejan, no lloran. Teníamos que ser nosotros los que nos diésemos cuenta de que tenían alguna infección porque ellos no venían a decírnoslo.

A diferencia de los otros campamentos en los que la mayoría de los niños trabajan en el basurero, los nuestros no eran, exclusivamente, niños del basurero. Uno de los niños mayores nos contaba la última semana que, durante el año, se ganaba la vida robando y trayendo a su casa lo que robaba.

Estos niños viven en la jungla y están expuestos a cualquier tipo de picadura de serpiente o de un tipo de ciempiés de 25 cm de longitud y unos 3.5 de diámetro que su picadura es mortal. Por otro lado, en los charcos, en las zonas pantanosas y en los arrozales hay muchos parásitos que se meten en la piel y que son muy difíciles de sacar. Como consecuencia del calor y la humedad, cualquier herida que se hacen no se cicatriza y se acaba infectando y macerando. Como tampoco hay agua corriente, ni electricidad, ni servicios, las condiciones sanitarias son bastante malas, la gente hace sus necesidades en cualquier lado y luego, como van descalzos, se infectan cualquier pequeña herida que tengan.

En general la mayoría de los niños camboyanos trabajan. Principalmente, con los que más relación hemos tenido son con que trabajan o en los basureros o recogiendo basura (principalmente latas) por las calles de Phnom Penh.

Aunque con los que más hemos tratado eran con los chicos del basurero, también vimos muchísimos niños con otros tipos de “trabajos”. Nada más entrar en el país, vimos a unos niños esperando a la salida del aeropuerto. El coordinador de PSE que nos vino a buscar nada más verles les gritó “kemei kemei tini oté! Mok tinu! Ote ote!!” (estas palabras en camboyano significan: “niños, no podéis estar aquí! Marcharos a otro sitio! No no!”). Más tarde nos explicó que esos niños lo que querían era robarnos las cosas de nuestras maletas y que si no les alejábamos nos acabarían robando porque son muy habilidosos. Otro día, en un fin de semana paseando de noche por las calles de Sianrep, se nos acercaron un grupo de niños, estuvieron unos minutos alrededor de nosotros paseando y dándonos vueltas. Cuando se fueron, dos chicas se dieron cuenta de que las habían robado el reloj y a otro le habían robado algo de dinero que llevaba en el bolsillo. Un poco antes, cuando estábamos en el bar, había unos niños que se les veía que estaban drogados para poder aguantar toda la noche despiertos vendiendo unas pulseras y collares a los turistas.

La primera vez que vi a niños recogiendo basura fue en Sihanoukville (ciudad que está en el sur de Camboya, en la costa). Durante el día están vendiendo marisco, que pescan ellos por la  mañana, a los turistas y por la noche se recorren todos los chiringuitos para recoger las latas que tira la gente. Por la noche, a medida que iban llegando los niños, los íbamos cogiendo y les secábamos con nuestras toallas porque fuera del porche del chiringuito estaba cayendo una tormenta espantosa. Una vez secos algunos nos pusimos a jugar con ellos, fue el primer momento en el que me di cuenta de la necesidad que tenían estos pequeños de sentirse niños. Me pasé dos horas jugando a un juego que consistían en que el niño escondía una piedra en una mano y tenía que averiguar en qué mano estaba. A pesar de que el juego me parecía muy aburrido, el niño parecía que estaba disfrutando como nunca en su vida. Cuando nos fuimos les dimos las latas de refrescos que habíamos bebido.

Por las calles de Phnom Penh los niños trabajan buscando basura arrastrando carros como el de la foto. Para cruzar algunas zonas se tienen que esperar e ir en grupos grandes porque hay mafias u otros grupos de niños que les pueden quitar lo que hayan conseguido durante la noche. Cuando terminan tienen que ir a vender la mercancía que han recogido a las diferentes mafias según la zona donde estén. Como los carros son muy caros para ellos, muchos tienen que alquilarlos cada noche y al día siguiente venderle lo que ha conseguido a la persona que les ha alquilado el carro. Al igual que en el basurero, las mafias pagan por kilo lo que les apetece cada día. De esta forma nunca saben lo que van a ganar con lo que han recogido durante la noche hasta el día siguiente cuando lo venden.

Sin duda alguna, donde mayor miseria he visto ha sido en los basureros. En Phnom Penh han cerrado el basurero antiguo hace un par de años y la gente que trabajaba ahí y que tenía sus casas en el propio basurero no se ha trasladado. Todos siguen viviendo en el mismo sitio, aunque este ya no está en funcionamiento.

El nuevo basurero es igual de grande que el antiguo y se encuentra en las mismas condiciones de miseria. La diferencia es que le rodea un río ácido y sólo hay una entrada controlada por unos policias armados que, a su vez, están controlados y pagados por la mafia. Estos policías sólo dejan pasar a los que van a trabajar y no permiten la entrada a ninguna ONG. Nos contaba un monitor camboyano que cuando el trabajaba en el basurero tenía que pagar unas tasas a la mafia para poder trabajar ahí; además, sólo podía vender lo que habia encontrado en un solo sitio que estaba controlado por la mafia y estaba completamente indefenso porque, al no poder acudir a otras personas para vender su mercancía, tenía que aceptar la cantidad ridícula que les pagaban (les pagan en droga o en dinero) por cada Kilo. Al sólo haber una entrada, la mafia tiene mucho más fácil el poder controlar todo lo que entra y lo que sale, quedando dentro miles de niños indefensos que no sólo trabajan ahí, sino que viven y duermen en los montones de desperdicios. La situación es dramática y la solución cada vez más dificil por la imposibilidad de llegar al problema y poder actuar.

Un fin de semana, un pequeño grupo de españoles fuimos a visitar el campamento de PSE en Sianrep (segunda ciudad más importante de Camboya) estubimos toda la tarde con ellos y cuando terminó el campamento a las seis, nos metimos en uno de los camiones que llevaban a los niños de vuelta a sus casas. Al final del trayecto el camión se paró y los niños se pusieron en un corro esperando que se les diese su bolsa de arroz –para evitar que los padres obliguen a trabajar a sus hijos y que estos no vayan al campamento, se les compensa con una bolsa de arroz al final de la semana si el niño no ha faltado-. Una vez que ya tenían su paquete, nos guiaron a sus casas. Y qué desagradable sorpresa cuando nos topamos con montañas de despojos y bazofia al lado sus casas. Habíamos llegado al basurero de Sianrep.

Entre el olor, el calor, la humedad, el paisaje desolador, el tacto de la basura que te hundías en ella al pisar, la imagen de adolescentes y niños trabajando descalzos y sin camiseta… Lo único que te apetecía era vomitar, llorar. Cuando ves llegar a tantos niños con la camiseta amarilla del campamento con los que antes habías estado jugando y cantando a ese lugar de miseria te duele todo el cuerpo.

Trabajan únicamente con unos palos alargados con los que remueven el suelo y con una bolsa atada a la espalda en la que meten lo que encuentran. Una vez que han conseguido la suficiente cantidad de latas, instrumentos médicos, botellas de vídrio o de lo que sea, lo meten en bolsas grandes de basura que luego las apilan para, finalmente, venderlas por una miseria.

Cuando volvíamos de camino a donde dormíamos las moscas nos perseguían. Olíamos fatal, nuestra ropa estaba impregnada con el olor intensísimo de la bahorrina en descomposición. Nuestros pies y nuestras piernas, en ese momento marrones, estaban embadurnadas de mugre. Por más que nos duchábamos seguíamos oliendo a cochambre. En ese momento no me podía ni imaginar cómo tiene que ser la vida de todos estos pequeños que no sólo trabajan en el basurero, sino que viven duermen y comen en un lugar en el que sólo puede aguantar cuarenta minutos.

2 comentarios el “Por la Sonrisa de un niño, Camboya

  1. Pingback: Jornadas sobre la Protección Internacional de los Derechos Humanos « Cooperación, Derecho y Economía – Borja Fernández Burgueño

  2. HA
    enero 3, 2014

    Gracias por compartir.

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